Hábitos mexicanos que tienen su origen en la época prehispánica
Cultura / Heidy Wagner Laclette
Los habitantes de la Gran Tenochtitlán nos dejaron una herencia inigualable: una riqueza cultural tan profunda que aún hoy forma parte de nuestra vida cotidiana. Los pueblos originarios poseían una cultura que debemos preservar sin reservas y sin prejuicios, fusionada con lo español, que —pese a todo— terminó por enriquecer al país y dar origen a un híbrido fascinante que sigue vivo.
Los avances en matemáticas y astronomía, así como el trabajo arquitectónico de las antiguas civilizaciones, continúan sorprendiéndonos hasta nuestros días. La majestuosidad de sus pirámides y centros ceremoniales es testimonio de una sabiduría que ha resistido siglos.
Desde la época prehispánica se han heredado, generación tras generación, múltiples prácticas que hoy consideramos normales. Una de ellas es el uso del diminutivo. Los pueblos originarios se dirigían a los niños de forma especialmente cariñosa, utilizando apodos tiernos como cocotón (migajita, en náhuatl) o nishi (pequeño, en hñähñu). Esta costumbre no solo perdura en el trato hacia los niños, sino en el lenguaje cotidiano de los mexicanos.
Otra palabra común es “escuincle”, utilizada para referirse a los niños. Su origen proviene del xoloitzcuintle, raza de perro nativa de México. Estos animales, cuando son pequeños, son inquietos, juguetones, celosos y algo groseros con los desconocidos, aunque muy cariñosos con su dueño. Su comportamiento guarda una clara similitud con el de los niños pequeños.
Entre las prácticas heredadas destaca también la costumbre del baño diario, incluso dos veces al día. Cuando los españoles llegaron a América, se sorprendieron al encontrar una población extremadamente limpia. Además de bañarse en ríos y arroyos, las casas contaban con un temazcalli —“casa donde se suda”, en náhuatl— como parte de la rutina de aseo. El contraste con las costumbres europeas de la época era notable.
Los tatuajes, lejos de ser una moda moderna, también tienen raíces prehispánicas. En la antigüedad eran símbolos de valentía y se realizaban con espinas de cactus. Cada tatuaje narraba historias, leyendas o hazañas personales. Con la llegada de la Iglesia Católica, esta práctica fue satanizada, y aunque hoy persisten prejuicios que la asocian con la delincuencia, muchos mexicanos siguen llevando su historia escrita en la piel.
Otra práctica ancestral es lavarse los dientes después de cada comida. Los pueblos originarios utilizaban una mezcla de miel y cenizas de tortilla: la miel como antibacterial y las cenizas como pulidor. Los españoles quedaron asombrados por las sonrisas blancas y la dentadura intacta de los indígenas, quienes conservaban sus dientes hasta la vejez.
Incluso los raspados tienen un origen antiguo. Historiadores narran que Motecuhzoma Xocoyotzin II, señor de Tenochtitlán, mandaba traer nieve desde el volcán Popocatépetl para preparar postres con jarabes de frutas, flores, vainilla o miel. Era un manjar exclusivo de la nobleza.
La frase popular “a cada capillita le llega su fiestecita” también tiene raíces históricas. Antes de la conquista, cada pueblo contaba con una deidad patrona celebrada en un día especial. Tras la invasión europea, los templos fueron destruidos y las deidades sustituidas por santos católicos, pero la costumbre de celebrar al patrono del pueblo se mantuvo.
En cuanto a la gastronomía, la esencia de la cocina mexicana sigue siendo prehispánica. El frijol, el maíz y el chile son la base de nuestra alimentación. Ollas de barro, cucharas de madera y molcajetes siguen utilizándose para preparar chocolate, pulque o tepache. La invasión europea añadió ingredientes, pero no transformó la esencia.
Asimismo, el gusto por las aguas frescas de frutas ya existía en el México prehispánico, algo que resultó extraño para los europeos, quienes desconocían la variedad de frutas que ofrece nuestro territorio.
La medicina tradicional también tiene profundas raíces. Los antiguos mexicanos curaban sus malestares con hierbas aromáticas y medicinales. A pesar del desprestigio que sufrieron estas prácticas, se sabe que en la biblioteca de Texcoco —destruida por los españoles— existía un registro de alrededor de tres mil plantas curativas.
La creatividad mexicana es otra herencia ancestral. Los cronistas españoles quedaron admirados por la capacidad de los indígenas para resolver problemas con pocos recursos. Hoy, esa creatividad sigue viva: con pinzas, alambre o un desarmador, los mexicanos solucionan cualquier desperfecto.
El culto a la muerte es otra tradición que nos define. Desde antes de la conquista, la muerte fue vista como una transición natural, digna de respeto y veneración. Hoy, los mexicanos convivimos con ella entre respeto y humor.
No existe mexicano que no haya ido al tianguis, ni familias que no lo vean como un ritual heredado. Es una tradición que sostiene a miles de familias mediante el comercio.
Finalmente, las lenguas prehispánicas siguen vivas en nuestro vocabulario cotidiano. Palabras como Xochimilco, metate, molcajete o Nezahualcóyotl son testimonio de una herencia que permanece.
Fuente:
Facebook: Heidy Wagner Laclette
Cronista Honoraria del Municipio de Cadereyta de Montes